A los 91 años falleció el máximo goleador de la historia azulgrana, un delantero que se cansó de hacer goles y brilló en el fútbol argentino, que no pudo jugar el Mundial de 1958 por sus discusiones con el DT
Nacido y criado a pocas cuadras del viejo Gasómetro, su infalible capacidad para colocar la pelota en los lugares más lejanos de los arqueros, lo puso en un lugar altísimo en la historia grande del
fútbol argentino.
Solamente Diego Maradona pudo igualar su registro excepcional: fue cuatro
veces el goleador de un campeonato de primera división. Entre 1958 y
1961, lideró la tabla de artilleros, siempre con la camiseta azulgrana, con la que
había iniciado su camino promediando 1953. Los goles fueron la consecuencia
natural de su manera de entender el juego.
Cerca del área, esperando el error del rival, mirando con atención cuáles eran
los puntos débiles del arquero contrario, hacia qué lado convenía rematar o
cabecear. Era muy común en esos años cincuenta escuchar por la radio que
“Sanfilippo lo resolvió con una media vuelta y un tiro esquinado imposible de
atajar” o algo como “el goleador tomó una pelota perdida y la clavó en el
ángulo”. Antes de haber encabezado la tabla de “scorers” como se decía la
época, le llegó el llamado de la Selección: debutó contra Brasil en diciembre de
1956 e hizo el único gol argentino en la caída por 2-1.
Integró el plantel que ganó en gran forma la Copa América en Lima, 1957. Fue
suplente de Enrique Omar Sívori esa vez y repitió en Guayaquil la misma Copa,
durante 1959 con cinco goles convertidos. Viajó al mundial de Suecia de un
año antes, pero su vieja enemistad con el técnico (Guillermo Stábile) le impidió
jugar siquiera un minuto. Volvió al seleccionado y completó 29 partidos oficiales
con 21 goles.
Intratable dentro del área, peligroso para cualquier defensa, prefería intentar el
remate al gol antes de hacer un pase a un compañero mejor ubicado. Manías
de artillero. Calentón, acostumbrado a decir lo que pensaba, tuvo
encontronazos de todo tipo con dirigentes del Ciclón. Jugó la primera Copa
Libertadores en 1960 con su amado club y estuvo cerca de llegar a la final,
pero Peñarol los dejó en la vía.
Siguió haciendo goles y discutiendo con entrenadores (como el Toto Lorenzo) y
con los dirigentes azulgranas. Para el torneo de 1963, el presidente de Boca –
Alberto J. Armando- le avisó que se lo llevaría y así fue, previo pago de 25
millones de pesos. El dirigente había entendido la importancia de ganar la
Libertadores, que entraba en su cuarta edición. Boca llegó a la final, pero chocó
con el famoso Santos de Pelé, que lo venció 3-2 y 2-1. Los tres goles Xeneizes
fueron suyos.
Su carácter le jugó una mala pasada y una trompada a Aristóbulo Deambrossi,
uno de los entrenadores, lo eyectó del club. Pasó a Nacional de Montevideo y
nadie se extrañó porque convirtió 25 goles en 24 partidos. Lo quiso Banfield y
le dijo que sí durante dos temporadas: 19 goles en 50 partidos le trajeron más números
para sus marcas en nuestra primera división. Entre Bangú y Bahía
recaló durante cuatros (1968-71) y con 37 años regresó a San Lorenzo, gracias
al espacio que le ofreció Juan Carlos Lorenzo.
El 27 de febrero de 1972 ingresó a diez minutos del final reemplazando a otro
crack, el Toti Veglio, en el triunfo 3-2 sobre Independiente. Un mes después y
en la sexta fecha, empujó al gol un centro para el empate contra Colón. Volvió
a anotar después de cinco años en el fútbol local y una década después con la
gloriosa camiseta azulgrana.
Tuvo tiempo de convertir otros siete goles (incluyendo uno a River en el 4-0 del
Monumental) y el 17 de diciembre se dio el gustazo de jugar los últimos
minutos contra River en la final con victoria del Nacional. Bicampeón con San
Lorenzo, un cierre de una fantástica carrera de un goleador de raza.
Fisicamente se lo comparó con el brasileño Romario: tenían similar estatura y
era difícil sacarles la pelota. No tenían problema en hacer los goles con toque
cortos, remates a los ángulos, varios cabezazos casi sin saltar, metiendo
muchos penales y mostrando un abanico de virtudes cuando de convertir goles
se trató. Sanfilippo hizo historia grande.
En la tabla de los máximos goleadores de nuestro fútbol, se ubica detrás de
Ángel Labruna, Arsenio Erico, Herminio Masantonio, Manuel Seoane, Roberto
Cherro, Bernabé Ferreyra y Manuel Pelegrina. Algo lo diferenció de estos
monstruos del gol: todos ellos jugaron en años anteriores a Sanfilippo, cuando
hubo un promedio de gol por partido mucho más alto. El Nene -como lo
designó su padre para siempre- llegó a sus 203 goles (201 de liga más 2 de
copa nacional) y quedó en el primer lugar dentro de su San Lorenzo y muy
cerca del cielo. Donde lo espera Lorenzo Massa.





