Se destacó en los años 60 entre otros grandes ídolos de la época. Áspero, se ganó enseguida a la gente de Boca, que lo amó siempre. También fue referente de la Selección.
Fue el técnico de Boca, Mario Fortunato, el que decidió ponerlo como eje medio del equipo en aquel clásico con River, el 9 de septiembre de 1956. Ese flaco que tenía un vozarrón, desgarbado, pero siempre bien ubicado para cortar ataques rivales y tocar al compañero mejor ubicado, lo había seducido en las prácticas, en un momento en el que Boca buscaba repetir el título de 1954, el único que había ganado en los doce años.
Había que derrotar a River, que tenía un cuadrazo, era el campeón vigente y aquel año repetiría el título. Boca le ganaría 2-1 aquella tarde, con goles de Osvaldo Zubeldía y de Eduardo Senés. La multitud boquense le tomó cariño muy rápido a Rattín, muy pronto apodado “El Rata”, que con 19 años prometía quedarse con un puesto caliente como el de mediocampista central, el lugar desde donde Eliseo Mouriño había sacado condición de ídolo.
Caudillo desde muy temprano, cumplía su tarea casi a la perfección y se ubicaba en la defensa cuando un zaguero se iba al ataque. Tiempista, áspero con rivales que lucían habilidad, se metió rápido en la gente y luchó para conservar ese lugar de privilegio. Lo consiguió ampliamente, porque se quedó catorce años seguidos en la primera de Boca, coronando cuatro campeonatos de Primera y arañando la Copa Libertadores de 1963, cuando su equipo no pudo con el Santos de Pelé en las finales.
Esos años sesenta lo instalaron como el símbolo de Boca, junto con figuras de altísimo nivel como Antonio Roma, Silvio Marzolini, Alfredo Rojas, Alberto González, Ángel Clemente Rojas y varios cracks de la época que llevaron al club Xeneize a repetir títulos de otras épocas. Tuvo momentos especiales, como los cinco goles que marcó en el torneo de 1966 (era buen cabeceador) y su ciclo total abarca 382 partidos oficiales con 28 goles convertidos. Sin chistar, ocupó el banco de suplentes durante el Metropolitano de 1970 y se despidió el 27 de julio de ese año, en el triunfo ante Banfield por 1-0, en la Bombonera.
Se metió en la Selección Argentina durante la Copa América de 1959 y siguió por casi diez años, si bien no lo llamaron en 1968. Capitán y referente, pudo jugar un partido en la Copa Mundial de Chile, en 1962. Allí soportó la excentricidad del Toto Lorenzo, que lo ubicó como volante derecho, un puesto que no repitió nunca, en la caída 1-3 ante Inglaterra, en Rancagua. Figura albiceleste en la Copa de las Naciones de Brasil’64, infaltable en las eliminatorias para Londres’66 y titular del equipo que otra vez dirigió Lorenzo en el Mundial de 1966, jugó los cuatro partidos y fue expulsado por el árbitro alemán Rudolf Kreitlein en medio del choque con los ingleses, en un episodio confuso que generó, en la FIFA, la idea de usar las tarjetas roja y amarilla para evitar gestos y diálogos entre hombres de distintos idiomas.
Esa expulsión le provocó una suspensión de cuatro partidos internacionales y por esa razón apenas pudo jugar la final de la Copa América en 1967, que significó la derrota 0-1 ante Uruguay. Se despidió de la selección en La Paz, cuando Bolivia venció a la Argentina por 3-1 en esa serie que nos impidió ir a la copa en México 70. Fueron 33 partidos con la camiseta argentina (5 en Copas del Mundo) y un gol a Chile por la Copa Carlos Dittborn en 1964.
Fue entrenador entre 1976 y 1980, con pasos por Estudiantes de Río Cuarto, Gimnasia La Plata (dos veces), Tigre y Boca, éste último en 1980. No quedó conforme con su tarea y renunció, para abandonar también esa profesión. Nunca regresó y ya en el nuevo siglo, intervino en política, alcanzando a ser diputado nacional por un partido federalista bonaerense y concejal justicialista.
Siempre querido por los hinchas boquenses, su presencia fue requerida en una incontable cantidad de actos, homenajes y recordatorios de las grandes figuras del club auriazul. Rattín era un hombre que mostraba su amor por Boca siempre. Así se lo recordará.





