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Historias Secretas de los Mundiales

Editado en 2014
Son 325 páginas.

Cada Copa del Mundo contiene varios hechos que merecen ser recordados en la faz deportiva, pero también comprende historias poco conocidas, que ocurrieron antes o después del fenómeno deportivo o en medio del torneo.

La lista de hechos curiosos, ridículos, increíbles y hasta secretos en algunos casos es muy extensa y la idea es traer desde el archivo esos que quedaron olvidados y fueron muy importantes.

El boicot al primer mundial que encabezó Benito Mussolini y organizó Uruguay, el fantasma de la Segunda Guerra Mundial y el saludo nazi en Francia, el crack austríaco que desafió al nazismo en la misma Berlín, la increíble hazaña uruguaya en el Maracaná y lo que provocó en todo Brasil, las durísimas luchas entre húngaros y alemanes, la tragedia italiana en Superga, los argelinos que se negaron a representar a Francia, el violento mundial de Chile, la confabulación inglesa para ganar el torneo que ellos mismos organizaron, las peripecias argentinas cada cuatro años, todo está contado con lujo de detalles y una buena dosis de investigación.

Pasaron 87 años desde el primer mundial y sigue siendo la fiesta más grande. El convite principal.

Estas páginas reflejan justamente eso, todo lo que significó para los pocos que ganaron, los que se quedaron en el umbral del éxito y la enorme mayoría que participó y disfrutó haberlo jugado, a pesar de las frustraciones deportivas.

EL AUSTRÍACO QUE HUMILLÓ A HITLER

 

La noticia mereció un corto espacio en la mayoría de los diarios de aquellos años y otros, directamente, la ignoraron. El 23 de enero de 1939, el famoso futbolista austríaco Mathias Sindelar fue encontrado muerto en su domicilio junto con su esposa italiana María Camilla Castagnola. Se determinó que ambos habían fallecido por inhalación de monóxido de carbono y se consignó que estaban abiertas las llaves de la estufa a gas.

En el crudo invierno europeo, se especuló con que el fallecimiento de Sindelar ocurrió como tantos otros, por una falla en el sistema de calefacción de su domicilio, ubicado en la ciudad que tanto amó, Viena, donde los nazis se habían establecido desde hacía unos meses, luego de proclamarle al mundo que Austria pasaba a formar parte del Anschluss. Era la anexión definitiva del pequeño país para hacerlo formar parte del expansionismo alemán.

Las explicaciones de las autoridades alemanas que controlaban la vida en Viena y los reportes periodísticos no dejaban dudas en cuanto a la contundencia del hecho, pero nadie le podía quitar de la cabeza al mundo futbolístico europeo el muy probable sabotaje de agentes de la Gestapo (la siniestra policía secreta alemana) al domicilio de Sindelar, un popular y muy querido deportista de familia judía, que poco antes había desairado al propio Adolfo Hitler.

Algunos, incluso, no descartaban el suicidio de la pareja, dada la pérdida de influencia y de prestigio que había sufrido Sindelar, luego de su decisión de comparle un negocio en Viena a un amigo judío que había caído en desgracia y necesitaba el dinero. Su irreverencia para con Hitler no le pasó inadvertida a nadie y condenó su futuro deportivo y personal. Sindelar nunca dejó de vivir su condición judía y su mujer María Camilla Castagnola también tenía la misma condición, algo que lo marginó de los círculos de poder rápidamente.

Sindelar era conocido en Austria y Alemania como “El Mozart del Fútbol” por su especial habilidad para manejar la pelota, a pesar de jugar en el puesto de centrodelantero. Con sus casi 175 centímetros y escasos 62 kilos, era la contrafigura de aquellos goleadores de la época, tan grandotes y rústicos. Sindelar reunía casi todas las condiciones de esos mismos hombres, salvo la potencia, algo que reemplazaba con su innegable talento y visión de juego. Apodado “der papierene” (el hombre de papel) porque su fragilidad física se notaba cuando corría y cuando esquivaba los golpes de sus rivales, Sindelar fue el emblema de una nación entera durante los años treinta, a pesar de su origen checo (su padre checo y herrero de profesión, murió peleando en la Primera Guerra Mundial).

Austria era un modelo futbolístico en la época por su prolijidad en el juego y su afán ofensivo, algo que Europa entera conoció en 1931, cuando el entrenador Hugo Meisl condujo al grupo de muchachos que dieron vida al llamado “Wunderteam” a una serie de resultados notables. Meisl  era checo y judío, condiciones que no le impidieron trasladarse a Austria y radicarse allí. Tomando las enseñanzas del inglés James “Jimmy” Hogan, logró darle un estilo propio al equipo y lo convirtió en una de las grandes atracciones de esos años.  Meisl se hizo cargo del equipo en 1919 y lo llevó a un nivel sorprendente: Austria tuvo una racha de victorias entre 1928 y 1933, que la posicionaron como una selección temible.

Algún periodista europeo definió al hacedor del Wünderteam así: “Meisl era un hombre de poca estatura. A la pregunta sobre ¿qué era y qué hacía Meisl?, podría contestarse que era manager, presidente y el más excelente diplomático deportivo que haya conocido el mundo del fútbol en esos tiempos. Fue también el médico milagroso del fútbol, ya que para todos los males encontraba el remedio. Se interesaba por cualquier problema y lo resolvía.” Una de las máximas favoritas de Meisl era que “la mayor seguridad en el éxito, radica en una excelente relación entre los jugadores y los dirigentes”. Se contaba en aquellos años que Meisl autorizó a Sindelar para que no consumiera alimentos con grasa porque le caían mal y que permitía los vasos de cerveza que necesitaba el defensor Karl Sesta antes de jugar para mantener alto su espíritu.

Con Sindelar como su figura indiscutible, el equipo se preparó para participar en la Copa del Mundo de 1934. Antes de la Copa, Austria aplastó 7-1 a Suiza, le ganó 5-0 y 5-2 a Alemania y Sindelar metió ocho goles en los tres partidos. Asombró aun más cuando se deshizo 8-2 de Hungría y vapuleó 4-0 a los franceses. Generó admiración en Londres, cuando cayó 4-3 ante Inglaterra, el inventor del fútbol. Austria debió sortear las eliminatorias y lo hizo sin problemas: debió medirse con Bulgaria y el 25 de abril de ese mismo año aplastó a los búlgaros por 6-1, sin necesidad de medirse contra su rival del momento, Hungría, ya que los magyares también habían vencido dos veces a la débil formación búlgara. El Wünderteam llegó a la Copa de 1934 con un impresionante registro de 28 victorias, dos empates y una derrota. Obtenida la clasificación, Austria tuvo que abrir la Copa del Mundo en el Stadio Benito Mussolini ante Francia, uno de los escasos cuadros europeos que había jugado la primera Copa del Mundo.

Jugaron el 27 de mayo y los austríacos tuvieron que superar la dura resistencia francesa. El juego terminó igualado en un tanto, convirtiendo Sindelar el gol del cuadro de camiseta blanca. En el suplementario, Schall y Bican pusieron 3-1 el partido para Austria y descontó Verriest, sobre el final. El famoso Wünderteam de Hugo Meisl ya estaba en cuartos de final, con la solidez de su arquero Peter Platzer y con el temible Anton Schall como socio de Sindelar. El eficaz Schall fue cinco veces goleador del campeonato austríaco con la camiseta del Admira Wacker en esos años.

En cuartos de final, Austria se midió con Hungría, el 31 de mayo en Bologna. Los húngaros habían despachado al modesto Egipto, que les peleó duro pero no pudo evitar la derrota. Egipto fue el primer equipo africano en jugar una Copa del Mundo y se fue al descanso empatando en dos goles, aunque luego los húngaros marcarían dos tantos más. Para el choque entre dos cuadros que practicaban un fútbol muy parecido, Sindelar era la estrella austríaca y el goleador del Ferencvaros de Budapest, Gyorgy Sarosi, era el ídolo magyar.

Con goles de Johann Horvath y de Karl Zischek, Austria venció 2-1, haciendo inútil el esfuerzo de Sarosi, que había descontando con un tiro penal. El partido fue muy violento, tuvo un expulsado por equipo y varios jugadores austríacos terminaron lastimados. Austria llegó a las semifinales y le tocó nada menos que Italia, el organizador de la Copa, el impiadoso vencedor de España en dos partidos plagados de desaciertos arbitrales que lo favorecieron claramente. El encuentro se jugó el 3 de junio en el Stadio San Siro de Milán y lo ganaron los anfitriones por 1-0, gracias a un remate del argentino Ernesto Guaita, uno de los cinco sudamericanos nacionalizados por Italia. (Continúa…)

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